19 jun. 2013

«¿Piensa ir a vivir con ella?», le pregunté. Me dijo que le sería difícil conseguir en otra ciudad un trabajo tan interesante como el que yo le había ayudado a encontrar y que, por otra parte, a su novia le sería muy complicado obtener una plaza aquí. Empecé a maldecir (con bastante sinceridad) la torpeza de la burocracia que no es capaz de hacer posible que un hombre y una mujer vivan juntos. «Tranquilícese Ludvik», me dijo en un tono amable y comprensivo, «la cosa no resulta tan insoportable. Gasto algo de tiempo y dinero en viajar pero conservo mí soledad y soy libre». «¿Para qué necesita usted tanta libertad?», le pregunté. «¿Para qué la necesita usted?», me devolvió la pregunta. «Yo soy un mujeriego», le contesté. «Yo no necesito la libertad por causa de las mujeres, la quiero para mí mismo», dijo y continuó: «Vayamos un rato a casa, antes de que tenga que volver al hospital». Era precisamente lo que yo deseaba.

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